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Mi infancia

MI INFANCIA

Estaba ya “logradito” como dicen por esta mi tierra. Se pensaba con insistencia en meterme a un colegio para iniciar como decían mis padres, la base de una moral sana y una cultura sólida. Ni sana ni sólida cultura pueden existir.

La noticia me traía apesadumbrado y la malvada gente de mi casa, no cesaba de repetirme con gesto inquisitorial: Irás al colegio.

-¿Han comprendido ustedes? –Yo, yo al colegio. ¿Y qué era eso? La única noticia que tenía yo al respecto era el haber oído alguna vez a mi primo quejarse amargamente de castigos inicuos, abusos abominables, reprimendas injustas, de todo aquello, en fin, de que son capaces los inquisidores muertos para corregir a un chico malcriado.

Y yo… no era menos. Un primo había aprendido de mí, al menos así lo repetían, la malcriadez e insolencia por la que pensaba, aunque no estoy seguro de si esto era cierto, pero, debo decir que me llenaba de orgullo: enseñar a otro; enseñarle cosas que no sabe, ¿no es ya suficiente para ser un gran hombre?

Llegó Marzo, mes maldito, y con él llegó el martirio. Mi padre ya me había matriculado y la directora, porque mujer era, persiguiéndome (hasta en eso la desgracia), le habla dado una pequeña listita de metro y medio.

Cuando deletreé los primeros caracteres de la listita, pues y lo digo con orgullo, sabía ya deletrear, púseme a llorar y a grito pelado.

Yo no estudio tanto, decía –Esos libros me romperán la cabeza sin que yo gane nada de ellos.

¿Qué me van a enseñar? ¿Acaso no se jugar por ventura ¿No conozco bien “la pega”, las “bolas”, “los trompos”? o van a prolongar mi vida?

Yo vela todo azul puro, límpido. En mi ignorancia infantil no necesitar nada, que todo lo tenía. Que los demás eran mis iguales, reían como yo, y que sólo podían llorar como yo también, cuando sus mamás les sacudiesen la parte inferior de la espalda. Después, he comprobado que ese llorar es el más feliz.

Si yo lo tenía todo, si no necesitaba nada, si nada yo temía, no hablo de los policías, ¿para que el colegio y para que el martirio? ¿Iba yo acaso a ser santo?

Pero de nada me valieron estas y otras reflexiones. El 15 de Marzo, me encontré metido en mi mandil blanco, que dicho sea de paso, al otro día era moteado azul por obra y gracia de mi tintero, y sosteniendo, mal de mi grado, una pizarra y un libro de lectura y no se que otras cosas más.

No diré nada de los primeros días de colegio, en primer lugar porque me es doloroso recordarlo y en segundo… porque no me los recuerdo.

Diré sí que no habían ni pasado doce días de mi ingreso al colegio, cuando ya sabía lo que quería decir bolear, dar lección, quedarme castigado y ponerme de rodillas y mirar hacia la cara de la profesora. Esta era agria, amarga, me parecía un vaso de sal purgante con limón.

Lo que por desgracia no aprendí, fue lo que eran los curas, y lo digo porque a los 20 días me sucedió lo siguiente:

Era día domingo. Había ido a misa con mi madre y al volver encontramos una persona visitante, ven acá hijo, ven, no tengas miedo.

Me acerqué temblando. – ¿Te gusta el colegio hijito? – Agregó. Estaba yo a punto de llorar, tal era mi temor que por esa persona sentía.

– Dime hijito ¿te gusta leer?

– Sí, sí señora, – respondí casi entre sollozos.

No sé más, no sé lo que pasó. Sentí que una mano me tocaba la cara, y no suavemente, y que otra me cogía por el cuello sacándome como a político de la sala y sacudiéndome luego que se hubo ido la señora.

– Malcriado, insolente – decía mi madre ¿Cómo te has atrevido? ¿Cómo? Este chico me va a volver loca. Mira que decirle Señora al padre Delgado. ¡Qué desvergüenza señor, que desvergüenza!

Es así que como aprendí que era un cura, un padre, un fraile. Después he ido conociendo algo más, mucho más, cosas buenas cosas malas.

He ido sabiendo lo que significa un desengaño, una esperanza perdida, un dolor, una alegría. He ido viendo sin equívoco al pensar que todos eran buenos y alegres como era yo.

He visto, por fin, lo que significa un lapicero automático, un santo y un libro.

Y al recordar lo pasado, ahora quisiera yo volver a vivir esa edad, dichosa edad en la que aún no se conoce el mundo, y en la que se dice sin malicia, si señora a un cura y si señor cura a una señora.

Nuñez Ureta, Teodoro “Mi Infancia”.
Lima (Archivo de TNU: 3 f.) 1975